martes, 10 de julio de 2012

RELATO VII (IV)

Entrada Original, Martes, 22 de marzo del 2011

… para volver a ver a María sentada entre nosotros. Estaba bastante pálida, con los ojos sollozos, aunque quiso disimularlo con maquillaje, era evidente que había estado llorando bastante rato. Saludo a Teresa y a su marido, casi con indiferencia, forzando la sonrisa. Alberto ni se inmuto, Teresa a punto de abrir la boca, no se callaba nada, pero la anfitriona, agarrándola con suavidad el brazo, la hizo callar. Con gestos exagerados, como no, hizo que prosiguiera explicando su viaje al continente africano. He reconocer, que tal como lo explicaba Teresa, lo hacía más interesante. Hablaba de los animales como si los apreciara; si digo esto, es porque en sus armarios pieles no le faltan; con el contacto de las tribus, de los oasis más perfectos jamás soñado… no podía creer que Teresa hubiera hecho esos viajes, y luego hablar de la alta sociedad, como si el resto no fuéramos nadie. Bueno, para ella no lo éramos, y para su marido menos aún.
Los temas de conversaciones ya eran cansinos, la gracia de las anécdotas estaban agotadas. Empezaba a reinar de nuevo el silencio; mi mente a mil por hora, pensando en que había pasado tras aquellas paredes; que había ocurrido en el instante que Marta y María estuvieron juntas. No puedo afirmar que hubieran estado hablando, pero si Marta salió llorando, tras la llamada, ¿Quien no nos dice que fue una llamada interna? Regresó pálida, luego la mentira… mi mente se distrae en esos pasajes, mientras observo a la anfitriona que escucha atentamente; me sorprende que lo estuviera haciendo, casi nunca lo hacía. La verdad que ella y Teresa habían sido buenas amigas en el pasado, y aunque sé que habían perdido el contacto, al menos físicamente, mantenían una ligera correspondencia. Mientras que estuve conviviendo en aquella casa, Teresa había pasado más de una noche hablando a solas con Marta, íntimamente, sin tabúes; la cordialidad era evidente entre las dos. Eran autenticas amigas. Marta fue quien presento a su marido en una de las fiestas; la verdad, que siempre fueron aburridas, pero al menos venía gente que conocía y me llevaba muy bien. La hipocresía siempre estaba presente, pero entre gente que para nada me interesaban.

Teresa y Alberto siempre asistían a todas, incluso colaboraban en algunas subastas, pujando, porque la verdad que no movían ningún dedo. Antes de que ellos desaparecieran de mi vida, en una de las últimas fiestas, ocurrió algo que nunca supe realmente lo que paso. Estábamos en la sala grande; Marta y yo no estábamos bien, estando en los últimos coletazos de nuestra relación; ella se había distanciado de mí, y mucho; creo que incluso se veía a escondidas con alguien, aunque nunca supe quien era. Entraba por la puerta del servicio, a altas horas de la noche, o ella era quien hacia unas escapadas algo extrañas. Me importaba un pimiento, no estaba bien con ella, pero igualmente jodia. Y todos hemos sabido de sus amantes. Pues bien, en aquella fiesta, estando en la sala, con la primera copa antes de la cena, subí a cambiarme de ropa, ya que sin querer, uno de los camareros, que por cierto Marta luego despidió, me manchó la camisa blanca de vino. Me dirigía a mi vestidor, cuando rápidamente, Teresa salía con la cara desencajada, bajando escandalizada y veloz por las escaleras, casi atropellándome; la seguí, bajando las escaleras de dos en dos; la vi agarrar a su marido del brazo, murmurando, realmente enfadada, y sin apenas coger su bolso, dejándose el abrigo, se marcho de la casa. Nunca más la volví a ver; nunca más supe de ella hasta que recibí la carta de la India, escrita por Teresa y firmada por Alberto. Curioso era aquello, que en todos los documentos, actos y demás papeles, siempre habían hecho eso. Tampoco, en este caso, supe que había ocurrido en la habitación donde tantas noches había hecho el amor con Marta. Porque se había ido tan preciditadamente, tan escandalizada. Marta jamás me lo contó, jamás me permitió hablar del tema. Aquella noche fue la última vez que la vi y tras largos rumores, y la idea de que habían fallecido en la India, me sorprendió y mucho, cuando la criada anunció al matrimonio, mirando con inquietud a Marta. Quería ver su reacción. Pero ella no se inmutó, no pestañeó, ni tan siquiera se sorprendió. O esa sensación nos daba. Actitud que me dejo helado. Años atrás había ocurrido aquel incidente desagradable y hoy estaba en su casa, como los viejos tiempos, como si nada hubiera ocurrido. No entendía nada, pero como siempre, no pude preguntar, mejor dicho no me atreví a preguntar. Tenía tantas cosas que quería saber, pero el miedo, que ahora comprendo o no, que tuve a la mujer que ame no me dejaba reaccionar. Nunca me dejo ser yo mismo, aunque yo tampoco luche por mantener mi identidad. La amé con locura y eso ahora mismo me producía un dolor, que calaba en mis entrañas. Y más sin poder obtener las respuestas que deseaba obtener.

La conversación estaba siendo monopolizada por Teresa, Alberto y Marta; María continua bastante ausente tras su vuelta; aunque trata de ocultarlo, todos nos hemos dado cuenta. Aunque una vez más, sabía que nadie iba a decir nada. Ni yo mismo me atrevía apenas a mirarla. Si que habíamos observado, que como Marta, se había cambiado de vestido; un vestido blanco, casi transparente; aunque los pies no se veían, observé que ya no llevaba puesto los zapatos negros, de tacón de aguja. En sus manos llevaba un gran anillo, seguro que era de Marta; sus cabellos, rubios, ondulados, caían por su bello rostro. Esto me hizo preguntarme de donde había sacado el vestido. Era obvio que la anfitriona se lo había prestado, pero no lograba entender porqué. Ella nunca había dejado ropa a nadie, ni tan siquiera la donaba, ¿y aquel anillo? No entendía el cambio de ropa, el que ella conociera la casa… casi todo eran suposiciones, pero sabiendo que no iba a obtener respuesta, me resigné, e intenté no pensar más en aquello.

Nos habían traído un vino dulce, de un pueblo del sur de Francia; menuda mezcla de bebidas, pensé por un momento, pero la verdad que estaba fresco y entraba bien; encima nos trajeron unos pasteles de una de las mejores pastelerías. En eso Marta nunca había escatimado en gastos.

Me levanté para ir al servicio, y algo mareado, me agarré por un momento en el respaldo de la silla. Teresa, con una voz dulzona, me dijo que tuviera cuidado. Sonreí casi por cortesía, y algo patoso di unos cuantos pasos. María miraba fijamente a la nada. Estaba hundida, y bastante cansada, pero no parecía que fuera a contar nada. Tampoco Marta la hubiera dejado. Algo tenían entre manos pero no podía saber, ni adivinar, lo que había ocurrido entre ellas dos; por lo que había entendido, se conocían desde hace poco, pero eso noté que no era cierto. No sé porque lo habían ocultado. Demasiadas preguntas en aquella noche; demasiados interrogantes a lo largo de los años que conocía a la anfitriona. Siempre rodeada de tantos misterios, de esas ganas de dominar todo... esos pensamientos rebotaban mi cabeza una y otra vez. Quise quitármelo de la cabeza, pero me era imposible.

Tras lavarme las manos, regresé a la sala; se habían sentado en los incómodos y caros sofás y en aquellos butacones marrones traídos de Londres. Continuaban con las copichuelas, y algunos de ellos se había encendido un cigarro. Me senté lo más alejado posible de María. Continuaban con la charla, pero esta vez al menos no era sobre viajes, sino sobre otros temas, que la verdad que tampoco me interesaba. De repente, oímos unos gritos que parecían provenir del pasillo, el más cercano a la sala, que con la puerta abierta, se oía como si estuvieran allí mismo; no se entendía bien lo que decían, pero si se identificaba las voces de la criadas más veteranas y de la doncella más joven. Todos mirábamos con cierto pavor, porque no entendíamos lo que estaban diciendo, porque algo estaba pasando y sin más miré a Marta, y casi susurrando le pregunté si no iba a ver lo que pasaba. Marta realmente estaba enfurecida, exagerando su mirada, como si fuera yo el culpable de lo que estaba ocurriendo en aquel preciso instante; siempre me había culpado de sus fracasos, de sus silencios, de aquellas noches de verano que no conseguía sus propositos, de sus sueños inalcanzables; siempre había buscado culpable a todo lo que le salía mal, y en los últimos tiempos parecía ser yo. No dije nada, y eso pareció molestarla más; los gritos cada vez eran más fuertes. Hubo nervios en la gran sala, pero nadie movió un dedo.

Nadie se atrevió abrir la boca, pero yo, cansado de aquella situación, de aquella hipocresía, me levanté y dirigiéndome hacía Marta enfurecido para decirla que contara lo que había ocurrido... pero el ruido de unos platos estamparse en el suelo, me hizo volver a la realidad, a lo que iba hacer, tomé la decisión más importante de la noche: marcharme de allí. Con educación, interrumpí el silencio absoluto despidiéndome de todos de una sola vez. Nadie me preguntó porque me iba, a nadie le pareció importarle, ni tan siquiera a María. Pero qué más da, si ella no me conoce; sobre Marta me lo esperaba. Ni tan siquiera hizo que me trajeran el abrigo. Lo recogí yo mismo, mientras el silencio en el pasillo había cesado. Miré una vez más a Marta y luego a María, abrí la puerta y por primera vez en aquella noche me sentí libre. 

RELATO VII (III)

Entrada Original, Viernes, 18 de marzo del 2011

… un amante más, aunque nuestra relación se fluía por derroteros de la pasión, estuvimos conviviendo durante una larga temporada. Y aquella puerta siempre había estado cerrada. No sé cómo no había caído antes, cuando María la abrió sin más. Yo en más de una ocasión intenté abrirla, buscando la llave por todas partes, incluso hablándolo con los criados… no sé porque le estoy dando importancia a ese asunto, pero si os soy sincero me quema por dentro. Me quería imaginar lo que estaba sucediendo más allá de aquella puerta, pero no se me ocurría nada. El resto de invitados murmuraban con signos de felicidad, sintiéndose bien por las lágrimas de Marta; vale que no sea mi devoción, y es bastante ruin en múltiples ocasiones, pero yo sabía que eran lágrimas de verdad. Y ¿dónde demonios estaba María? Me levante de la silla, impaciente a por una copa de whisky. Me puse dos hielos y tras servirme, Marta entro en el salón como un fantasma. Estaba pálida, igual que la nieve virgen. Se había quitado el maquillaje, producto de las lágrimas de dolor, de sufrimiento. Estaba realmente jodida, ¿Por qué? Eso no lo puedo saber y no creo que lo vaya a decir. La mirada la tenía perdida, como si mirase al horizonte, pero como siempre supo disimular, aunque a mí no me engañaba. Incluso se había cambiado de vestido, de color negro, que hacía resaltar su palidez. Se había enjoyado de forma exagerada. Siempre que estaba triste o de mal humor, que solía ser en muchas ocasiones, por su carácter, se ponía aquel collar de blancas perlas, dándole cinco vueltas alrededor de su cuello; sus pulseras de brillantes, anillos desproporcionados, viéndose más finos sus delicados dedos, de inmensas piedras de autenticas calidad. Parece que se ha disfrazado para remarcar su tristeza, aunque no sé porque lo ha hecho, porque se ha vestido así. Sé que lo está pasando mal, pero también sé, mejor dicho, sabemos que nos va a sonreír falsamente. Dicho y hecho; se sienta de nuevo con nosotros, bebe de su copa precipitadamente, nos mira con poco respeto, quizás queriendo dar lástima y acto seguido se pone hablar de su próxima fiesta. A mí me mira directamente, casi con odio, porque sabe que yo la conozco; parece que quiera que la consuele, pero no creo que sea el momento de hablar con ella. Es cierto y no puedo negar, que me hubiera gustado preguntarla porque ha llorado, aunque nada más al intentar abrir la boca, me hace callar con su mirada, fulminante, intensa, rompedora. Arrastré la silla de nuevo para desafiarla, para que rompiera a llorar delante de nosotros y se dejara de historias.


Estaba cansado del papel que estaba haciendo, de la actuación maravillosa que ella creía estar haciendo, de las manipulaciones intensas… quería replicar por todos los años que me había hecho sufrir, de las lágrimas que había derramado por haberme separado de ella. Me levanté con rabia, con una fuerza descomunal, para ir directamente hacia ella y decirla todo el odio que me producía estar a su lado. Pero no lo hice, por respeto al resto de invitados y porque su mirada me produjo miedo. Podría haber desvelado uno de sus secretos, eso Marta lo temía. Con un gesto de su mano, me hizo parar y me coloqué detrás de Sara. Entonces decidí dirigirme hacía las botellas y así servirme otro whisky; lo necesitaba en esos momentos para calmar mi alma. Me puse tres hielos en un vaso grande, me serví el whisky más caro. Me lo bebí de un trago, seco y limpio. Me senté al lado de las botellas de cristal fino, que junto a los vasos, estaban adornados con lazos enormes, siempre exageradamente grandes, como le gustaba a Marta. Exagerar todo, sin decir media verdad. Durante el desafío nadie dijo nada. Se habían limitado a mirarnos como a dos jugadores de tenis. Giraban la cabeza para ver quien sacaba primero los trapos sucios, las armas de guerras, para ver si explotábamos de una vez y la fiesta se animaba de alguna manera. Eso me hizo sospechar que sabían más de lo que decían a nuestras espaldas. En ese momento todo valía. Pero no discutimos con palabras, y nos retiremos a tiempo.


Yo, sentado, con copa en mano, esperaba la vuelta de María, por si desvelaba su marcha precipitada, queriéndolo saber todo, ahora más que nunca. El porqué había llorado, porque ella pudo pasar por la puerta, demasiadas preguntas sin respuestas.


Al cabo de dos minutos, sonó el timbre de la puerta. Nos sorprendió a todos el tintineo; sonó unas cinco veces, antes de que el mayordomo abriera la puerta. Me pregunto a mí mismo, quien podría venir a esas horas, quien podría venir a una fiesta de la anfitriona y se atrevía a venir tan tarde. Nos quedemos, todos algo inquietos, mirando la puerta del salón, para ver con impaciencia quien era. Se abrió de par en par, y vimos que se trataban de Alberto y su esposa Teresa. Hace años que no sé nada de ellos. La última vez que los vi, iban hacer un viaje por la India y meses atrás, Carlos, me cuchicheó que habían muerto en un terrible accidente de tren.


En su momento no me lo creí, por el dinero que tienen; también porque no me imaginaba a Teresa viajando en tren; tan fija ella, con sus caros trajes, su delicadeza, su frescura… aunque sí podrían viajar en Orient Exprés, eso no lo dudo, pero en un tren corriente, me extrañaba. Y menos en un tren de la India, que todos ya sabemos como son, lleno de gente hasta en los techos, sucios, mugrientos, y con gente tan diferente a nuestra cultura. Pero una carta que recibí me indicaba que estaba totalmente equivocado. La posta, junto a una carta extensa, describía sus aventuras, con fotos que me sorprendió. Teresa había adelgazado, demasiado pensé yo, y no llevaba para nada los trajes que solía llevar. Me explicaba con una letra, casi indescifrable, sus aventuras más rocambolescas y algunas cosas no las entendía. Y al cabo de un mes, más o menos, fue cuando mi gran amigo, Carlos, él sí que era o fue un verdadero amigo, me comentó que habían fallecido, quedándome perplejo; como ahora, que les veo ahí de pie vivitos y coleando; observé la cara de Carlos y parecía sorprendido, más que yo incluso, ya que aquella trágica noticia se la habían facilitado un embajador español que residía en uno de los múltiples pueblos de la India.


Alberto va vestido con un traje, a mi gusto, demasiado elegante. No llevaba el reloj de oro que le regaló Marta en su último aniversario, ni los gemelos que nunca se había desprendido de ellos. Teresa, con un traje que para nada era de su estilo, por lo menos el de antes, tal como vi en aquellas fotos. Habían cambiado ambos, mucho desde la última vez que los vi. Ella, ni una sola joya extravagante, una cadena fina de plata, y un solo anillo; los dos entraron con sigilo, a la par, observando con admiración y detenimiento todo. Seguramente le habían informado que Marta había realizado reformas, aunque yo la veía igual. Nos miraron uno a uno, como si nunca nos hubiera visto. Observaron la mesa, casi vacía, las copas llenas y con casi desprecio comentaron, los dos, que se sorprendían que no hubiera ido nadie de la alta sociedad. Entonces me di cuenta que aunque en apariencias habían cambiado, su interior continuaba igual, por mucho viaje a la India o al norte de África, su desprecio hacia los que ellos creían inferior no había cambiado para nada. Eso si tenían el don de cuando se ponían hablar, parecía casi humano. Contagiaban el ambiente en un momento, pero tenía esos puntos raros, de snobs que no soportaba. Quizás a Marta sí, porque era de su misma calaña; creo que hasta peor que ellos.


Una vez sentados en la mesa, los criados entraban y salían con platos, cubiertos, aunque los dos ya habían cenado, en un restaurante caro, decidieron tomar algo de postre, y por supuesto el cava. Teresa, más observadora que él, preguntó por la silla vacía. Ahí tuve la oportunidad de contestar, pero Marta, se adelantó, comentando que era la silla de María, que estaba descansando en una de las habitaciones, ya que tenía un ligero dolor de cabeza, riéndose, dijo que posiblemente tras la primera copa. Rió espantosamente, ridícula; nos miró a todos para que corroboráramos lo que ella había dicho. Una vez más, no supe reaccionar ante esa mirada desafiante, y asentí con la cabeza, sabiendo que aquello era mentira. ¿Cómo iba a llorar por un dolor de cabeza? Tampoco puedo afirmar que no dijera la verdad.


De nuevo, uno de los criados, esta vez la mas joven, se acercó al oído de Marta; con gestos de indiferencia, le hizo retirarse. No le cambio la cara como la otra vez, no sé si es porque no era importante, o por aparentar delante de los dos nuevos invitados. No quise ni pensar si le había dicho algo de María.


David, otros de los invitados, nos sorprendió poniéndose de pie, y levantando la cara, dijo unas breves palabras. Un brindis por Carlos y Teresa, dijo sin casi oírle; choquemos las copas, casi con miedo a romperlas, dimos unos sorbos y nos volvimos a sentar. No sé a qué vino eso, pero hizo que Teresa empezará hablar; de vez en cuando, su esposo, corroboraba lo que ella decía con leves movimientos de cabeza. Eso sí, se miraban con cariño, ternura. Este matrimonio, siempre se habían llevado bien. Les envidiaba por la buena relación que tenían; siempre intentaban mantener la compostura, y casi nunca había oído hablar mal de ellos; no formaron ningún escándalo, que yo supiera o en España se supiera, aunque eran snobs y obstinados y algunos comentarios no eran de mi agrado; de casi nadie, pero claro, el circulo que ellos se movían, se lo tomaban con naturalidad.


Tras su llegada, y eso no puedo negarlo, la noche cada vez era más amena, incluso divertida. Los invitados se animaron a intervenir en la conversación; era la primera vez en toda la noche, que la mesa entera hablaba sobre algo en concreto. Las sonrisas hipócritas parecían más sinceras. Hubo comentarios de todo tipo y parecía como si nos hubiera trasladado a otra fiesta totalmente diferente. Me sorprendí a mí mismo interviniendo con naturalidad, olvidándome por momentos de María; aunque Teresa, muy lista ella, al hablar de su viaje al norte de África, volvió a preguntar por María, ya que habían coincidido allí por casualidades, o no, de la vida. Marta cambio, de forma repentina, la expresión. Aproveche el momento, ahora sí, adelantándome a Marta, poniéndome de pie y me auto invité para ir a buscarla a la habitación. Con educación, pero con resentimiento, la anfitriona me comentó que no hacía falta que fuera yo, que podría ir uno de los criados, incluso ella misma. Con un golpe de campana, precipitado, algo nervioso, hizo llamar al mayordomo. Le dijo con voz clara que fuera a buscar a María, preguntándola si ya se encontraba bien. Para no entrar en batalla, me senté de nuevo sonriendo. Observé el reloj, una vez más, sin saber bien el tiempo que había transcurrido desde que María se había marchado de la sala tras la puerta blanca. Mientras, Teresa continuaba explicando sus vivencias en sus múltiples viajes. Hablaba con inteligencia, no hay que negarlo, sobre la cultura de África, de Asia, de los monumentos de Méjico y más países y poblaciones que jamás había oído. Se estaba haciendo algo aburrido ya el mono tema, y algo inquieto, con la mente en María, les hice unas preguntas sobre el viaje de la India, quizás para ver si sacaba alguna conclusión sobre si había viajado en tren. Una estupidez por mi parte, si están allí está claro que aquello que Carlos me contó no pudo ocurrir.


Un cuarto de hora tuve que esperar…

miércoles, 4 de julio de 2012

RELATO VII (II)

Entrada Original, Martes, 15 de Marzo del 2011

… que le habían regalado uno de sus múltiples novios ricos, algunos de ellos casados, otros divorciados, solteros, amantes de un solo atardecer, de una sola noche. Ella hablaba de éstos a su mejor amiga Sara, como si los demás no lo supiéramos. Pero Marta estaba enamorada, colada de Marcos, su eterno Marcos, como a ella le gustaba llamarle. Todo el pueblo donde solía veranear sabía que eran amantes; hablaban de ella por las callejuelas, en las pequeñas tiendas, pero a ella bien poco la importaba. Pero Marcos no aguantó más la presión, o quizás la represalias de su mujer, que le hizo abandonarla en aquel verano del noventa y ocho. Ella, destrozada, jamás volvió a pisar aquellas playas de arenas blancas; y así comenzó hacer fiestas en su gran mansión, haciendo ver que estaba bien, que disfrutaba de la vida, eso sí, destruyendo su vida e intentando amargar al resto. Eso lo conseguía a la perfección.


La noche avanzaba con más lentitud. Íbamos por la segunda copa, y Marta nos contaba una de sus anteriores fiestas; nadie le prestaba atención, aunque hacíamos que si nos importaba y mucho. Nos miraba por encima del hombro, sonreía hipócritamente, y hablaba de aquella forma tan seseante; siempre le había gustado exagerar sus formas, pero aquello era demasiado. Yo miraba, de vez en cuando alrededor y observaba al resto de los invitados. Hubiera preferido que Marta hubiera contratado la gran orquesta, como en otras ocasiones; pero hoy no le interesaba, quería, deseaba ser escuchada por nosotros, para poder presumir de sus grandes fiestas, para contarnos que somos grandes amigos. Sabíamos que sus fiestas solían ser aburridas, que no éramos amigos y que esa fiesta en concreto era para los grandes ausentes, que más inteligentes que nosotros, con excusas perfectas, con pretextos nuevos, habían esquivado ir a la mansión aquella noche. A ella parecía no importarle, ya tendría otras ocasiones para contarlo de nuevo, a sus amigos verdaderos. Si es que los tiene. Nunca supe si realmente ha tenido verdaderos amigos, o si éstos lo desearon alguna vez. Lo que si sabía es que no habían ido porque no les interesaban. A mí tampoco, pero estaba allí sin entender el porqué. No me lo preguntaré más en esta eterna noche, porque no me sirve de nada. He ido sido un idiota por ir, y ahora no puedo escapar de la noche aburrida. Mientras pienso todo esto, Marta continua hablando sin parar, sin razonar, ni tan siquiera nos deja responder a sus preguntas absurdas, que lanza al aire, para ser contestadas por ella misma. De vez en cuando, bebe a sorbitos pequeños de su copa, que se va vaciando lentamente, sin prisas… sonríe continuamente sin sospechar los aburridos que estamos. Quizás lo sospeche, pero no le importa en absoluto. Quiere ser escuchada, y por eso sigue hablando sin parar.


María, impaciente, nerviosa por algo que no sé, pide permiso con total educación, como quisiera ponerse a la altura de Marta. Esta, molesta, sonríe sin ganas, ya que iba a contar la parte más importante; lo decían sus ojos, al menos, para ella era algo que valía la pena. Le concede el permiso con un movimiento leve de cabeza. Creí por un momento que iba hablar, que iba a cortar el monologo de la anfitriona, pero no fue así. En silencio, se dirigió hacia la puerta blanca, maciza, parecía de puro mármol, y la abrió sin más. Me miro intensamente; yo me derretí por dentro, con un dolor intenso que no entendí; o mejor dicho, no quise entenderlo. Marta, con cara de asco, dejó de hablar, sirviéndose otra copa de cava y con voz irónica nos comentó que no iba a continuar hasta que no volviera María. Nadie dijo nada. Nos volvimos a mirar con estupidez. Llevábamos así unas cuantas horas. Aunque habíamos hablado entre nosotros, realmente no nos decíamos nada. Como ya os dije, algunos fueron por compromiso, otros para ver la gran mansión por dentro, y yo personalmente fui porque pensé que las personas interesantes, esos que Marta llaman sus mejores amigos, iban a estar esa noche. Algunos de ellos sí que eran verdaderos amigos míos, desde la infancia y me hacía bastante ilusión verlos juntos como en los viejos tiempos. Pero ellos fueron inteligentes y no se presentaron. Lo he pensando en más de una ocasión, pero la rabia me hace repetirme a mí mismo que no tendría que haber asistido. Por otra parte, me alegro de haber pisado aquella casa, ya que he podido conocer a María. Realmente no se de que conoce a la anfitriona, pero no parece llevarse muy bien. Conocerla, me hizo pensar por un momento que la velada podría estar bien, pero nada más lejos de la realidad.


Habían transcurrido tan solo cinco minutos desde la marcha de María y el silencio se hizo más fuertes que nosotros. Marta me miraba de vez en cuando. El teléfono sonó de nuevo. Dirigimos la mirada hacia la mesilla; Marta no se levantó de la silla. Me miró fijamente como si yo fuera el dueño de la casa, como si quisiera que atendiera yo la llamada. Arrastré la silla, para molestarla directamente a ella. Se tapo los oídos, siempre de forma exagerada, haciéndose la débil, la víctima de una batalla que la hacía suya, propia… y con voz seca, me ordenó que me sentara de nuevo. La desafié por un momento, con la mirada, pero me retuve. No entendí porque pudo retenerme, ni menos porque obedecí. Ella siempre ha sabido mandar y ahora puedo entender en parte, que nos había invitado a nosotros, lo que habíamos aceptado, para poder manipularnos a su antojo, poder mandarnos, que la dejáramos hablar a ella sola… Nadie podía entender porque esta vez no había cogido la llamada. El teléfono dejó de sonar y transcurrido unos segundos, en aquella sala parecía una eternidad, la mayor de las criadas, entró y susurró al oído algo que dejó boquiabierta a Marta. Exclamó, algo que no entendimos, pero tenía que ser algo importante, algo que la tuvo que molestar, porque inmediatamente se levantó sin mirarnos, con lágrimas en los ojos, y arrastrando por la manga a la criada, marchó tras la puerta del servicio. Observé al resto; Carlos, lejos de enterarse de lo que acababa de suceder, seguía tonteando con Sara. Estaban felices, los únicos que rieron en toda la noche. Mientras, mi cabeza no paraba de pensar, en porque María se había ido de aquella manera, porque Marta había salido llorando… quise imaginar lo ocurrido, pero nada se me pasaba por la mente… si, solo una cosa, aquella puerta siempre había estado cerrada con llaves. Nunca la vi abierta, por lo menos en el tiempo que estuve viviendo allí. Sí, yo también había sido un amante de Marta…




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RELATO VII (I)

Entrada Original, Jueves, 10 de Marzo del 2011

Estamos sentados alrededor de la mesa. Nos miramos sin decirnos nada, con miedo a pronunciar una palabra que nos pueda herir. La hipocresía reinaba durante toda la velada, pero ahora el silencio manda. Nos miramos unos a otros; a veces sonreímos falsamente, o al intentar decir algo, nos callamos de repente, por miedo a equivocarnos. María, con su pelo ondulado, la mirada fija en las llamas de la chimenea, es la primera que rompe el silencio, con una naturalidad que sorprende a Marta, la anfitriona, que con envidia ha estado criticando duramente al resto de los amigos que no han podido asistir; mejor dicho, que han mentido para escabullirse de una fiesta, que sabían de sobras que iba a ser aburrida, larga y eterna, como aquella noche de invierno.


Al principio, no dijo nada en concreto, pero a medida que iba avanzando sus palabras, la íbamos escuchando con una verdadera atención, que nos sorprendía a todos. A mí, más que a nadie. La mire fijamente a los ojos, sorprendiéndome con un rubor exagerado, mientras ella se acariciaba los rizos que le iban cayendo sobre su intensa mirada. Los ojos azulados, lanzaban brillos, que agitaba mi corazón. Marta, por debajo de la mesa, con una rabia intensa, me propinó una patada que me hizo morder los labios. No sé porque lo hizo. Seguramente, por los celos que la corroen porque todos prestábamos atención aquella mujer. Y quizás por mi mirada apasionada.


Yo, ni nadie, podíamos entender porque habíamos aceptado la invitación de Marta, pero ahora no podíamos escabullirnos. María continuaba hablando, de forma pausada, con dulzura, y su voz era música para nuestros oídos. Nunca me había fijado en ella de aquella manera; no es que lo esté haciendo ahora, simplemente estoy admirando a una mujer que ha sido capaz de romper el silencio; un silencio atroz, que se había instalado en la gran sala, como un huésped más. Ella había conseguido romper el silencio, cuyas palabras, por la forma de pronunciarlas, a Marta la estaba dejando sorda. Su mirada, lo decía todo. Se moría de celos, envidia. Intentaba disimularlo, pero su indiferencia hacía nosotros era notable. Cogía los cubiertos de una manera exagerada, bebía vino en una copa diferente a las nuestras, de cristal fino, pero la envidia era más poderosa que ella.


De repente, el teléfono sonó de forma estrepitosa, que rompió la sonrisa frágil de María y sin saber porque, agacho la cabeza como si le avergonzara haber hablado durante minutos, que para mí, fueron segundos y creo que para el resto de invitados también. Sonrío de nuevo, pero no dijo nada. La anfitriona, se levantó con una elegancia exagerada, nos miro con una sonrisa estúpida, pidiendo disculpas y mirando intensamente a María. Ella se sonrojó de nuevo, y como si un desafío tratara, no le apartó la mirada; pero al final, agacho la cabeza hacía el plato de los postres; Marta se sentía ganadora. Pudo llamar a uno de sus múltiples criados, pero prefirió sentarse en el sillón y descolgar ella misma.


Yo cada vez entendía menos que hacía allí sentado, con una corbata que jamás había salido del armario y que creí conveniente llevarla para esta ocasión; realmente lo hice por Marta, que con un beso no dado, me comentó que la encantaba. Sabía que era mentira, pero quede satisfecho cuando los demás alargaron su exageración. Se desesperó al ver que sonreía con más fuerza, pero con su orgullo casi nadie podía ganar, y con un gesto con la mano, nos ordenó pasar al gran salón.


Llevaba demasiado tiempo hablando por teléfono; yo de vez en cuando, observaba a María, que no paraba de tocarse los rizos y de vez en cuando jugaba con la servilleta. Parecía que nadie se atreviera hablar, mientras la anfitriona, siempre de forma exagerada, brillante, según ella, hablaba por teléfono, que por un momento creí imaginaria. Sonreía al auricular como si viera a la persona con quien estaba hablando, mientras nos miraba con reojo con una sonrisa estúpida. Se acariciaba el pelo, que esa noche se había peinado con esmero; se soplaba las uñas como si se las hubiera pintado minutos atrás, y volvía a sonreír falsamente sin llevar una conversación concreta. Colgó el auricular y con un gesto molesto, critico ferozmente al interlocutor, haciéndose la interesante. No dijo con quien había hablado, aunque creo que a nadie, le interesaba saber con quién había mantenido esa conversación tan estúpida. Volvió a sentarse de forma exagerada, y con gesto incomodo tocó la campanilla dorada que siempre tenía a su lado. La criada más fiel entró a toda prisa por la puerta, y sin decirla nada, entendió lo que quería la señora. Retiro los platos con ayuda de tres criados más. Mientras el silencio volvió a instalarse a la mesa. Algunos de los invitados encendieron unos puros que había regalado la anfitriona nada más entrar en la sala; otros, sin saber que decir, ni que hacer, nos mirábamos cómplices de un silencio que se hacía insufrible, que asfixiaba cada minuto que pasaba. Deseé con todas mis fuerzas que María volviera hablar, que me mirara con sus ojos azulados, intensamente, que aceleraba mi corazón y hacía a la vez ruborizarme, desviando la mirada hacia Sonia, que delante de mí, descaradamente miraba con recelos a Carlos, su amante de toda la vida. Disimuladamente se tocaban por debajo de la mesa. Yo me di cuenta, los demás no lo sé. Creo que también, pero nadie se atrevía a decirles que estaban haciendo mal. Que al menos fueran sinceros con sus respectivos conyugues. Pero nosotros también éramos unos hipócritas, ya que nadie diría nada, nunca, ni esa noche, ni otra, y mira que tuvimos ocasión de decirlo, pero no creo que nadie lo dirá. Pero no, María no habló, no me miró, no jugó con la servilleta, y por un momento eso me molestó. Mientras tanto nos cubría el silencio, Marta se había levantado para preparar ellas mismas los cafés, copas en unos vasos que le habían regalado, excepto su copa, que como la del vino, era totalmente diferente. A ella le encantaba preparar las copas, para poder presumir, con sus movimientos de manos exagerados, los anillos...

lunes, 2 de julio de 2012

ANSIEDAD

Entrada Original, Lunes 7 de marzo del 2011.


Como os dije en otras ocasiones, una película, una canción, una melodía, un pasaje de algún libro, os puede cambiar el chip y entrar en un submundo de emociones y sentimientos que tenéis guardados en lo más profundo de vuestra alma. Aunque no queráis reconocerlo, os habrá pasado en más de una vez, para bien o para mal, habéis hondado en vuestros sentimientos más escondidos y cuando volvéis a pasar por esa situación, la memoria selecciona el play de vuestro corazón y remueve esos sentimientos y os puede llegar a crear ansiedad. Más si estáis pasando situaciones “extrañas” en vuestras vidas, o llega un triste aniversario, pues esa ansiedad llegar a ser una crisis, que sin comerlo ni beberlo, llega en cualquier momento… pues bien esta introducción para contar lo que ayer me ocurrió.

Como ya sabéis, últimamente estoy pasando una época rara, que hay momentos que estoy muy feliz y otros que estoy triste y una de las razones es porque se acerca el aniversario triste de la muerte de mi padre. No me voy a repetir de nuevo, y voy a ir al grano. Pues bien, estoy en ese momento que todo lo bueno es muy bueno y todo lo malo es malísimo, y la balanza esta algo desequilibrada. Intento no transmitirlo, y quizás ese es mi error y me lo guardo para mi solito, tragando esos malos momentos que ahora mismo gana la balanza. Ayer ya me desperté raro, pero en vez de contárselo a Lucia, o de escribirlo en el Twitter, por qué no, hice caso omiso y fuimos hacer turismo como si nada. Nos despertemos tarde, como otro cualquier domingo, y aprovechando que nuestro hijo dormía... hay que aprovechar esos momentos que te gusta estar en la cama, calentito (hoy no sentido guarro jeje)… pues bien, me desperté algo raro, pensando en mi padre, en gente que dejas atrás; incluso empezó a dolerme la cabeza. Me di una ducha, me vestí, se arreglo, cambie al peque, le di de comer y nos fuimos a dar un paseo, a comer, y regresemos al hotel a dormir la siesta. Hacía mucho frío y no teníamos ganas de nada; yo menos, solo de estar tranquilo y sinceramente me hubiera gustado estar solo. Lucia me preguntó bastantes veces que algo me pasaba, yo con una media sonrisa, le decía que estaba bien, que estaba cansado, esa fue la excusa y que necesitaba descansar. Ella me conoce a la perfección, y sabía que algo me pasaba, pero no quiso insistir mucho, porque seguro que íbamos acabar con una discusión. Soy así de cabezón que le vamos hacer.

Pues bien, una vez en la habitación, nos tumbemos en la cama con el pequeño Asier y juguemos con él un rato. Eso me hacía sentir bien; le hacía pedorretas en su barriga, y se reía como un cosaco; Lucia nos hizo fotos. Parecía estar más tranquilo, pero más lejos de la realidad. Tras acostar al pequeñajo en su cuna, cada vez duerme mejor y más relajadito, aunque puro nervios es, nos pusimos a ver la serie (he aquí el kit de la cuestión) “Queer as Folk” fin de la primera temporada. Yo esta serie ya la había visto, que menudos revolcones se dan y me di con esta buena serie. La verdad que me flipo mucho, y me gusto muchísimo… la estoy volviendo a ver porque Lucia nunca termino de verla y decidimos verla desde el principio. No sé si os acordáis de Brian, o si La habéis visto o la recomiendo (esta en Series Yonkis). En algunos aspectos (os pareceré absurdo, pero yo lo cuento igual) tengo ciertos parecidos con él. Más relacionado en lo sexual (folla con quien le da la gana sin mostrar mucho sus sentimientos, es gay, tiene un hijo, es publicista de los buenos, etcétera); no me voy a comparar lo parecido, esa no es la cuestión, pero sí que tengo similitudes y mis colegas de echo cuando salió la serie, me llamaban así… pues bien, en ese último capítulo de la primera temporada, sucede un hecho que a mí y a Lucía nos hizo llorar… a mi me despertó la tormenta que se estaba desatando en mi interior, recuerdos, remordimientos, sentimientos, llorera… lo que os decía al principio, que un capítulo de una serie puede despertar el interior sin más. Os parecerá para algunos una chorrada, pero os aseguro que no lo es. No sé, me da igual lo que penséis, bueno igual no, ya me entendéis, que es vuestra opinión y la respetare, pero levantarme mal, estar raro y ver esas imágenes de sufrimiento, con la música de fondo (tipo canción de Sarah McLachlan “Answer”) despertó mi malestar y mis recuerdos… y bueno, sufrí un pequeño ataque de ansiedad, llevándome al médico de urgencias inmediatamente…

Estoy bien, no quiero dar lastima, ni mucho menos, solo os cuento, tanto lo sexual, como mis pensamientos o cosas que me han ocurrido, o algún otro relato que he explicado también en este blog. Pero os lo prometo que me sentí fatal por muchas cosas y bueno, Lucia ya se lo olía… y como no quiero recrearme más en eso, y necesitaba escribirlo, aquí os dejo esta entrada. Y de verdad, que estoy bien, que supongo que toda esta época tan rara se irá pasando, que la fecha de este mes se alejará y que día a día intento ser el de siempre… espero haberme explicado bien, lo hago siempre lo mejor que puedo y como no quiero terminar con una pena y tampoco enrollarme más, os diré que hoy mi hijo, mi peque, mi ranita, ha cumplido tres meses.

Pues no queda más que añadir a esta entrada tan peculiar y espero que todos podáis calmar vuestras ansiedades y que lo mejor que podéis hacer, me incluyo yo, es hablar las cosas antes de llegar a este extremo. La gente que se calla sus miedos, sentimientos… y se los queda para él solito creo que me entenderán a la perfección… bueno, lo dicho, que veo que me vuelvo a enrollar, que hoy mi hijo cumple tres meses, que hemos grabado tres anuncios en pocos días, y hoy regreso a Madrid.

Ah, bueno, antes de cerrar, agradeceros la gente que me seguís en Twitter, en mi página oficial del facebook (podéis buscarme por mi nombre Asier González González, están sin acento), en mi blog y también en tu amo. Agradecer también los correos, WhatsApp, llamadas y privados.

Besotazos a todos.

domingo, 1 de julio de 2012

OTRAS PAJAS

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MARZO

Entrada original, Martes 1 de Marzo del 2011

Uno de marzo. Otro mes que avanza por nuestras vidas, como si fuera una balada, a veces triste, a veces melancólica, alegre, y se mezcla en un bote gigante y le vamos añadiendo nuestra personalidad y con un movimiento suave, como una brisa del mar, van rodando los días, dando paso a recuerdos inmemorables, imborrables… hoy toca mirar un poco al pasado, estando en el presente inmejorable. Si hace tres años conseguí grandes cuentas en Nueva York, unos meses atrás en Sídney, por Europa todo está rodado, al igual que en mi propio país, hoy uno de marzo he conseguido otro objetivo, otros sueños. Renovaciones de contratos, conseguimos nuevas firmas, vamos que la reunión ha ido de putisima madre, me los he comido con patatas, hemos expuesto nuestros proyectos sobre la mesa, hablando claro, sincero, directos y mi equipo que hoy me ha rodeado, y los que han estado en las oficinas currando como el que más, han estado de puta madre, como buenos profesionales que son… exponiendo todos los puntos, sin dejarse ninguna coma, y hemos conseguido el objetivo, crecer como personas, crecer como empresa, personalmente como empresario, ilusiones, nuevas propuestas, nuevos anuncios, nuevo futuro y así podría estar un largo etcétera, pero estoy que me subo por las paredes de la alegría, si es que cuando uno curra de verdad y lucha por lo que cree se consigue los objetivos, aunque he dejado horas y horas de estar encerrado en casa, de reuniones, de llamar a puertas, de demostrar lo que puedo dar, de no salir… y así otro largo etcétera. Sé que no soy el único, sé que a veces no se consigue, también me he llevado mis palos, en lo personal y profesional, pero si uno quiere, puede. En definitiva objetivo alcanzado al 100 x 100, solo me falta tocar el cielo con los dedos, mejor el infierno, que allí me divertiré más. Y bueno, cuando se pueda, que ahora hay que currar, les daré un día libre por todos los esfuerzos conseguidos. Se lo merecen. Incluido a mí mismo, que para eso el jefe soy yo (jejeje)

Pues hoy uno de marzo, también habido ratos de tristeza, pero ya por un tema personal. Como dije ayer no me puedo quejar de las cosas que he ido obteniendo, no solo lo digo por lo material, sino por los grandes amigos que tengo, mi familia, la gente que siempre ha estado al lado mío, etcétera, pero a veces ocurren cosas que no esperas y la vida te da un zarpazo inesperado. No me quiero centrar mucho en eso, pero es inevitable hablar de que pronto tendré un aniversario triste, la muerte de mi padre. La verdad que no voy a decir mucho más, es inevitable pensar en él, y más que a los meses murió mi madre, y fue un gran batacazo. Lo único que pude hacer, fue refugiarme en el trabajo. De este tema ya he hablado en otras ocasiones y hoy lo quería o quizás necesitaba nombrarlo. ¡Un beso papi!

Pues bien, después de la reunión hemos tenido un día lleno de alegrías en la oficina y como he dicho anteriormente les daré un día festivo a todos e unos incentivos bien merecidos. Siempre me ha gustado cuidar a mi gente. Nos hemos ido a comer unos cuantos a un Cubano, con nuestra buena cervecita y riéndonos, festejando nuestro triunfo. Joder, nos lo merecíamos. Y nada, que la vida da una de cal y otra de arena y hoy ha sido un día agridulce, aunque no me gusta transmitirlo; me cuesta expresar mis sentimientos, aunque no lo parezca, pero la vida continua… y bueno, de momento por hoy poco que contar, si es que esto ha sido una especie de resumen del primer día de marzo. Que oírme, que ganitas de que la sangre me altere y mi rabo salga a respirar (algunos ya me entienden, otros pensará que estoy loco)… en fin, que otra entradita breve.

Besotazos, marca mía, por supuesto.