jueves, 29 de marzo de 2012

RELATO

Entrada Original, Miércoles, 15 de Septiembre del 2010

 
Es la quinta carta que Damián le escribe y en sus ojos se ve reflejados el dolor que aún siente dentro de sus entrañas. Las lágrimas recorren de nuevo su rostro, cansado, de las noches que lleva sin dormir. A penas come, y sus dos trabajos le están matando, pero los necesita.

Se ha jurado miles de veces que no va a sufrir más por amor, pero sabe que eso va a ser imposible, ya que volverá a a caer en la telaraña de otros brazos; su corazón latera de nuevo por otro chico. Tal vez de su misma ciudad, o quizás de otro lugar. Él sabe que volverá a sufrir. Siempre lo ha sabido desde aquel echo sucedido ya tantos años atrás, que cuando piensa en ello, no recuerda bien si sucedió a los once o doce años.

Mientras escribe, la que dice que va a ser la última carta, no puede reprimir suspiros y sollozos; con la manga de la camisa se limpia, mientras su mente viaja por los recuerdos de aquellos días tan felices junto a Unai. Sonríe al recordar aquel día tan perfecto que tuvieron en la playa. Tal como él lo recuerda, se bajaron del autobús que le habían llevado hasta ese lugar tan maravilloso. Damián nunca había ido, por eso estaba ansioso por pisar la arena, junto a su novio.

Llevaban pocos meses, y todavía no se conocían bien, pero era muy feliz a su lado. Solo se podían ver los fines de semana, no todos; su novio vive en Ermua y Damián en Madrid. La distancia la llevaban bien; bueno, Damián no tanto, ya que no soportaba el vació que sentía de lunes a viernes, y eso que hablaban todos las noches más de una hora; se mandaban mensajes a lo largo del día, incluso había días que hablaban más de una vez. Pero lo soportaba porque su pareja estaba a su lado en todos momentos, y porque se amaban con locura.

El viernes por la tarde Damián volvía del trabajo emocionado y nervioso; recogía su pequeña maleta y se dirigía a la Avenida de América a coger el autobús que le llevaba hacía su amado. No siempre él iba al pueblo, a veces, Unai bajaba a Madrid, y entonces le iba a buscar a media noche. A Damián se le iluminaba la cara y se transformaba en otra persona; en su otro yo. Sus compañeros de piso sabía que algo le pasaba, pero no le decían nada por miedo a sus cambios de humor.

Para Damián, ese día en la playa, recuerda que era invierno, fue uno de los mejores momentos que paso junto a él. Luego llegaron más días intensos junto a su amado, pero recuerda ese día con tristeza y siente un dolor profundo; sabe que ese día nunca más volverá, que nunca tendrá un día así, y nunca más será al lado de su ya ex novio. Recuerda con pasión, que nada más pisar la arena, se soltó de la mano y corrió a la orilla del frió mar Cantábrico. Recuerda que hacía fresco, pero el sol, iluminaba el color verde de sus ojos y el color turquesa del mar. Le apeteció descalzarse y mojarse los pies; quería sentir la sal en sus pies desnudos. Sonreía felizmente, mientras admiraba el rostro de Unai. No podía parar de mirarle, de observarle, mientras caminaban hacia las rocas. Se sentía immensamente feliz y no temía en ningún momento que le fuera a dejar.

Esos pensamientos tan negativos, le venía a menudo a la cabeza, mientras pasaba las horas en su dormitorio, sin su amado y admirado novio. Nunca se lo había dicho, pero aquella tarde, cuando descansaban en las rocas, merendando un pequeño bocadillo, le miro fijamente a sus ojos intensos, profundos y le pronuncio las palabras que brotaban desde lo más profundo de su ser. Al pronunciarlas, se sintió ridículo y enseguida agacho la mirada hacía la arena. Avergonzado, le dijo que olvidara aquella estúpida pregunta. Nunca debió de preguntárselo. En el momento que escribía la carta, se preguntaba que hubiera ocurrido si no le hubiera dicho si pensaba dejarle o si se había pensado en hacerlo en algún momento.

Recuerda que agachó la cabeza y le daba miedo mirarle a la cara; Unai, con paciencia, le agarró de la mano, y le prometió que eso nunca iba a ocurrir, que no se preocupara por tonterías; tras sus palabras, Damián no se sintió mejor e intento disimular. No se sentía feliz al escuchar aquella promesa, lo había oído tantas veces... pero no quiso decir nada más y se fundaron en un beso. Continuaron por la orilla; Unai le agarró de nuevo la mano, tan suaves y delicadas y le volvió a prometer que no le iba a dejar. Damián se sintió mucho más tranquilo, sin angustias, sin pensamientos negativos; sonrió levemente, le acarició su rostro y casi en un susurro le dijo que le quería. Disfrutaron del agradable paseo, mientras conversaban para conocerse mejor; de vez en cuando soltaban alborotadas carcajadas, apretándose las manos, dándose besos apasionados y eso que Unai casi no le gustaba besar. Regresaron de nuevo a las rocas, donde en verano se ocultaban cuerpos desnudos, esculpidos por un bello bronceado, llenos de energía, pero que en invierno ocultaban amantes furtivos, escondiéndose de las represalias de un pueblo de pescadores; aquella tarde de invierno, tan soleada, se habían acercado hasta aquel bello paisaje, familias con sus retoños; tuvieron que proponer hacer el amor. Unai, tan picaresco, le propuso a Damián que le hiciera fotos medio eróticas; era una buena ocasión para estrenar la nueva cámara. Él la agarraba con fuerzas, casi con miedo que se le fuera a caer. Fue divertido hacerle fotos así a su chico; unas sesenta fotos llegaron hacer; las miraban como si Damián fuera un fotógrafo y Unai un modelo profesional. Se reían por algunas posturitas, se besaban con timidez, más bien con miedo de ser pillados,; pero se notaba que se deseaban, había verdadera pasión, estaban excitados, felices y deseaban que no acaba el día; se notaba que se amaban.

 
Mientras hacían las fotos habían sido interrumpidos por algún grupo, pero Damián recordaba aquel hombre, de unos 35 años que no paraba de mirar, de pasar por su lado, mirando con deseo el cuerpo de Unai. A él no le parecía importarle, pero Damián sintió en algún instante celos; a la vez se sentía orgulloso de que mira de aquella manera a su chico. Sabía que era suyo, y el orgullo se mezclaba con pinchazos en el corazón. Al final, el hombre, se atrevió a decirle que era muy guapo. Damián, receloso y con ansiedad, se acercó a su novio y le beso largamente; mientras, por su mente se le pasaba, que si tal vez, ya se conocían.

Estaba a punto de concluir la quinta carta, cuando recibió un mensaje en su viejo móvil. Sabía que no podía ser él, aunque lo deseaba tanto, con todas sus fuerzas, pero sabía que no era él. Dejó el boligrafo en la mesita, cogío un cigarro, y salió al balcón pensativo. No había cogido el móvil.

La mente había regresado aquella tarde de playa; recordando que después de la sesión de fotos, discutieron sobre cual era la provincia de Ermua. Damián quizás acalorado, quizás por los celos, se enfado de verdad, por aquella tontería. Unai, de nuevo con paciencia, le miraba con ternura y le intentaba calmar. No podía creer que estuvieran discutiendo por aquella estupidez, tras una tarde tan perfecta. Le agarró fuertemente la mano, se la acariciaba; le hizo parar en seco, y en mitad del pequeño paseo, delante de gente, le beso. Damián volvió a cambiar de humor, por completo.
 
Decidieron ir a comprar algunas chucherias; pasaron delante de una pequeña tienda de ropa; los dueños eran chinos, hasta aquel pequeño pueblo habían llegado; entraron a echar un vistazo. Le regaló una bonita camiseta. Ya era casi la hora de volver a coger el autobús; se sentaron y regresaron a casa de Unai. Aquella noche hicieron el amor.
 
Al día siguiente, visitaron el cementerio. Las primeras horas de la mañana pasearon por el pueblo; Damián empezaba a sentirse triste, porque los minutos pasaban demasiado rápido; la hora de regresar a Madrid había llegado una vez mas. Ya se encontraban en la estación principal de Bilbao. De nuevo otra despedida.
El móvil sonó de nuevo; otro mensaje. No resistió más. Tiró el cigarro hacía el suelo, casi entero y entró de nuevo a la habitación. Era publicidad de la compañía; el anterior mensaje era de un familiar. Los borró como de costumbre y se encendió otro cigarro; se puso a llorar, pensando en Unai. No soportaba el dolor que sentía al recordar lo gilipollas que fue al mandarle aquel mensaje, aquel fatídico catorce de marzo. Era inútil pensar en aquello, pero no podía dejar de pensar, en porque demonios le mando aquel mensaje; se preguntaba una y otra vez que estaría haciendo Unai en aquel momento; le atormentaba, sufría, le dolía pensar en él, pero tampoco lo evitaba.
 
Hacía semanas que no salía a dar sus largos paseos y lo único que hacía era deambular por los servicios públicos tras sus dos agotadores trabajos; aquel sexo rápido, no le consolaba, no le satisfacía y le hacía sentirse mucho peor, pero no lo evitaba; se estaba convirtiendo en monotonía. Una rutina que le consumía.
Termino la carta con un te quiero, lleno de oes y un gran corazón que pinto de rojo. Se tumbó en la cama e intentó dormir. Del puro cansancio y del eterno pensamiento se quedo dormido. Nunca llego a enviar la carta.
 
Los días, para Damián eran iguales. Triste y dolorido, miraba el móvil cada segundo; hacía tiempo que no sabía nada de Unai, no le había dicho nada más tras la última llamada, pidiéndole que no le molestara más. Ningún mensaje. Sabía que le había perdido para siempre. La agonía le consumía; su humor cambiaba por momentos. A veces se sentía bien, otras mal, otras regular... solo quería dejar de pensar en él. Sabía que le había perdido para siempre.
 
Dos meses más tarde se suicidó. Os preguntareis porque. Damián se había convencido que ya estaba bien, y un sábado salió bien temprano para comprarse ropa. Al pasar por sol, la casualidad, el destino, hizo que se encontrara con Unai agarrado a otro chico. Él, a ver la mirada de tristeza de Damián, apartó sus ojos de aquel rostro triste, pero antes beso apasionadamente a su nuevo novio. Damián se sintió hundido, y sin mediar palabra, volvió el camino recorrido y se encerró en su habitación. El final, ya lo sabéis.

No hay comentarios:

Publicar un comentario